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lunes, 28 de abril de 2014

Hojas sobre la almohada

Con unos poquitos poemas que andan por este blog, y otros varios que salen por primera vez a los ojos de los lectores, presento aquí un pequeño libro de poemas con mucha contentura y emoción.
Ilustrado por Fernando Calvi, editado por Luciana Murzi en Abran Cancha y con diseño de Delius, a quienes va todo mi agradecimiento por tan lindo y amable trabajo.

 
Dice la contratapa: 
Sobre la almohada nos esperan hojas de poesía y viajes secretos, historias de animales salvajes, estrellas, pájaros, flores, lluvias, peces, grillos, silencios, semillas y sorpresas. Como un recorte de muchas páginas despiertas y varios sueños juntos, las poesías de Natalia Méndez nos mecen en el vaivén de una brisa suave, ideal para imaginar lo imposible.
Y cuando los libros se cierran, la puerta de entrada a los sueños por fin se abre. ¿Qué cosas llegarán a la orilla de la mañana? ¿El hechizo de las historias se romperá? ¿Dicen lo mismo las palabras a la luz del día? Para descubrirlo basta con apoyar la cabeza en la almohada y viajar por estos versos.

 

Así se ve en el stand de Abran Cancha, en la Feria del libro. Voy a firmar -tímidamente- ejemplares ahí este sábado 3 a las 15. 


Y sí, está impreso con tinta flúo. Pongo esta foto de la tapa y una del interior, para que se vea en todo su brillar. 


lunes, 13 de diciembre de 2010

Sembrar

Sueño que me estoy probando ropa en la parte de atrás de un local y la dueña es una parienta lejana que acabo de conocer y me dice que elija que ella me lo regala. Y después llega otro pariente nuevo que también vive por ahí, que ya acostó a los nietos y por las dudas trae el cocodrilo. Entonces están mi tío Raúl y mi abuela Laura y se saludan efusivamente. Ellos sí se conocían de antes. Incluso acarician al cocodrilo, pero yo no porque escucho que hace tic y que hace tac y lo conozco de un cuento. Ellos charlan y yo miro para afuera porque es como un garage y afuera se ve oscurísima la noche y se ve un poco el barrio que yo sé que es igual a Villa Adelina de cuando era chica. Solo que acá hay un río enorme que pasa por ahí por la puerta -y lo escucho- y esa especie de puente que hace el agua más allá, desafiando la ley de gravedad (más sueños con tremenda cantidad de agua, podrá ser?). Hace un rato, en el sueño, papá se fue nadando para su casa, y yo le insistía que no, porque me daba miedo que se metiera en el agua oscura pero no le dije que no porque me daba miedo y se fue igual, y ahora estoy tranquila porque ya debe haber llegado bien. Tenía que cruzar ese puente de agua y yo me quedé mirando y con la luz del farol se veían unos peces gigantes pasar y entonces me daba la sensación de que si los peces pasaban, papá también. Me pruebo unas remeras mientras mi tío y mi abuela charlan con esta gente y acarician al cocodrilo, y de pronto, de la nada (out of the blue) me despierto pensando en mi abuela de cuando era chica, mi abuela Zulema, que hace muchos años que ya no vive (mi abuela Laura antes trabajaba y no estaba tanto con nosotros, ella es mi abuela de grande). Decía, son las cinco y media apenas pasadas y me despierto pensando en mi abuela Zulema con una sensación extraña de extrañarla, de querer contarle que me estoy por ir de viaje a un lugar que seguro seguro no se parece a Villa Adelina, ni de antes ni de ahora. Salvo porque hay alemanes, pienso (y me doy cuenta que el resto diurno de este sueño es que mi viejo me habló ayer de la cantidad de vecinos de toda la vida que son alemanes). Lo que me viene a la cabeza de la abuela Zulema es que en su casa leíamos cuentos del Chiribitil y también me acuerdo perfecto que ella me regaló uno de los primeros libros de los que tengo memoria. Yo estaba enferma (nada grave, gripe o anginas, supongo) y era un poco una fiesta porque nos curaban a base de atenciones y mimos y tocaba pasar el día en la cama grande. Entonces ella llegó con Marizul sueña que sueña que sueña, de Bernardino Rivadavia. No es que yo me hubiera fijado en el autor en ese momento, pero me acuerdo perfecto que le contó a mi mamá que viniendo para casa fue a la librería para comprarme un regalo y el librero le ofrecía uno de Rivadavia y ella dijo: "¿Cómo le voy a regalar un libro de historia a una nena chiquita?" (o quizás dijo la edad, que yo ahora no recuerdo) y el librero le mostró este le contó que era un descendiente de Rivadavia y ella entendió que sí era para chicos y no de historia y me lo trajo.
¿Por qué me acordaré de esa escena que quizás ni siquiera es real? Es que las veo ahí al lado de la cama, a mi mamá y a mi abuela, teniendo esta conversación mientras me daban el libro para hacerme compañía. Supongo que esa mañana alguna de las dos me lo habrá leído, pero eso ya no lo puedo asegurar. Sí sé que el libro me encantó y lo leí miles de veces desde entonces y hoy es un tesoro en mi biblioteca.
De la nada, entonces, decía, me despierto pensando que quién hubiera sabido en aquel entonces que quizás ahí se sembraban los primeros pasos para este camino de libros, sin ninguna intención más que pasar un buen rato, y ahora me dedico a lo que me dedico y por eso llego a este punto a punto de irme a este viaje.
Nunca lo había pensado así antes, pero me dieron ganas de contarle todo esto a mi abuela Zulema, que a veces, muy cada tanto, me visita en sueños, pero hace mucho que no, y ahora, esta madrugada me acordé de ella y de su hermoso regalo que no era para nada un libro aburrido y que tenía unas ilustraciones que me encantaban y con el que empecé un camino que mirá hasta dónde me lleva.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Nieve en el subte

Trayecto Juramento-Catedral. Leí desde la página 103 a la 126 de La última noche en Twisted River, de John Irving. Nunca hasta ahora había sentido tanta tensión. Si me preguntan, yo creo que no estuve en el subte, que estuve en esa noche, en medio de la nieve, con sabor a sangre en la boca y atenta a los pasos de Dominic, al miedo de Danny, al ruido del viento que hace golpear la puerta de la entrada de la cocina...

martes, 11 de mayo de 2010

Nunca es tarde

En el último tiempo a mi abuela (a un mes de cumplir 96) se le dio por leer novelas. Hoy me aclaró:
—Nunca antes había leído libros. Es que yo creía que los libros eran otra cosa.

domingo, 24 de enero de 2010

Y otros pequeños placeres de la vida

Uno de los pocos libros que mi madre leyó de prestado (de la biblioteca de mi primo) y después quiso tener para su biblioteca es El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm. Se lo conseguí, lo leí y se lo di. Aunque tiempo después lo saqué de su biblioteca y ahora está en la mía (de visitante, madre, prometo devolverlo pronto).
Es de esos libros deliciosos que se pueden leer en partes, en cualquier lado y en cualquier momento. Los textos breves que lo componen te dan alegría, sin nada de vueltas, por las cosas cotidianas y los detalles. Es en sí mismo uno de los pequeños placeres de la vida: el de esos libros precisos e inspiradores.

Todo esto para recomendar el libro, por supuesto, y también como pequeña justificación a la nueva sección que inauguramos hoy. ;-)

sábado, 29 de agosto de 2009

Primavera en la biblioteca

Este veranito que tenemos por estos días adelanta el clima primaveral que se viene pronto.
Y como no soy nada original, para la primavera les propongo compartir los amores de la biblioteca. ¿Quiénes fueron esos personajes que nos atraparon tanto que deseamos que hubieran existido, y que además, fueran nuestros amigos, nuestros amores? Personas de papel, personajes que adoramos y que aborrecemos por no existir. Autores a los que estaremos eternamente agradecidos por habernos presentado -prestado- aunque sea por un rato, esos mundos, esa gente de su imaginación.

Mi primer gran amor fue Andrés Domenech, personaje de El niño envuelto, de Elsa Bornemann. Ah, cómo me gustaba ese chico. Reconozco además que ese libro fue mi primer apasionamiento como lectora independiente. Lo leí y lo releí hasta el cansancio. Y no es que ahora me acuerde mucho. De hecho, casi no me atrevo a abrirlo para no romper el hechizo de aquel entonces.

Después, por supuesto, siguieron varios más apasionamientos con libros, autores y personajes. Por suerte.

Esta lista la encabeza Benjamin Malaussène, el personaje de Daniel Pennac, que apareció por primera vez en La felicidad de los ogros, y por suerte, luego en toda una saga de novelas con su familia. El texto está escrito en primera persona, y por eso no logro encontrar una descripción, una frase, un porqué de este cariño imposible. Es que todas sus historias, desde la primera palabra hasta la última, hacen de Benjamin un ser adorable.
Me parece que la primavera es una buena excusa para releer a Pennac.

¿Qué otros amores de biblioteca para confesar?

martes, 28 de julio de 2009

Postales de la biblioteca

¿Cuál es el tesoro de tu biblioteca? ¿Un libro que te costó mucho conseguir, un libro viejísimo, un recuerdo de alguien, un regalo especial...?

El mío, hoy (no porque deje de serlo, si no porque es un lugar peleado que muchos libros ocupan) es Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago en la edición de Seix Barral que ya está toda destartalada. Fue el primer libro que leí de él y me maravilló. Cuando estuvo en Buenos Aires, hace varios años, dando una charla en la Boutique del Libro de San Isidro, me lo firmó. Me acuerdo que llegué tempranísimo, porque no quería quedarme sin lugar. Y que le regalé un librito artesanal que había hecho y que cuando quise decirle "gracias" me temblaba la voz de la emoción.

Seguramente, mañana me acordaré de otro tesoro de la biblioteca. Pero mientras tanto, ¿cuál es el tuyo?

lunes, 8 de diciembre de 2008

Dime lo que lees...

Estuve leyendo un libro sobre personas muy parecidas a otras, como dobles del cine, pero más genéricos, que trabajan de reemplazar a otros en eventos y otras actividades... (sí, buena idea para varios, conseguirse uno de esos dobles). El tema es que desde que lo empecé a leer, un amigo se confundió en un bar a otra chica conmigo y después, la misma semana, dos (sí, dos, no uno de casualidad) señores me saludaron por la calle como si me conocieran... es decir, me confundieron con alguien más porque yo no los recuerdo (y fue sólo un saludo, no me robaron la billetera, ni nada). Así que o perdí la memoria de pronto y ya no sé a quién conozco y a quién no, o mi vida se empieza a parecer demasiado a lo que leo...
Debería tener cuidado al elegir mis lecturas, parece.
Por cierto, también leí otra novela, justo antes de ésta, en la que un personaje se comunica con su hermano perdido a través de una araña, pues ambos son hijos del dios Araña, y durante la trama, las arañas tienen cierta importancia, se imaginarán. De más está decir que desde que leí eso no hago más que encontrar pequeñas arañitas aquí y allá, sin saber muy bien qué hacer con ellas. No me animo a matarlas, a ver si la furia de un dios africano recae sobre mí, y tampoco me animo a hablarles, a ver si descubro una hermana perdida y mi vida cambia de repente y todas esas cosas extrañas que pasan en el libro.
Eso sí, debería limpiar más, parece.
Pero no me digan que no es curioso todo esto.

*Los libros en cuestión son Parecido S.A. de J. Sasturain, y Los hijos de Anansi, de N. Gaiman. Muy muy muy recomendables los dos, por cierto. Pero aténganse a las consecuencias si los leen...

jueves, 18 de septiembre de 2008

Cartografías

Cada biblioteca, además del orden físico de los libros en los estantes: alfabético, por nacionalidad del autor, época y/o género del texto, variado o simple desorden, tiene al menos para mí— una cartografía sutil, personal. Un mapa que van trazando las lecturas, los momentos, los encuentros. A veces, dos lecturas lejanas en el tiempo ocupan un lugar cercano en ese mapa, puede ser por el clima, por el olor del libro, por la consistencia de algunos personajes, por el gusto que deja en la boca, o por nada de eso. Sólo porque sí, un lector sabe que esas palabras son vecinas, que andan por el mismo terreno.
Ayer terminé de leer El mapa imposible, de Liliana Bodoc (deslumbrante, por cierto). En el mapa de mi biblioteca El mapa imposible queda cerca de Los caminos de la luna, de Juan Farías, y es un lugar que vale la pena recorrer.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Suéltame pasado

Durante un tiempo estuve "habitada" por el recuerdo y por el deseo de A. (la palabra en inglés es haunted, me parece que suena más a fantasma y acoso, pero no sé cuál sería la mejor traducción). Entonces buscaba recursos para olvidarlo definitivamente o para acomodarlo en mi cabeza de manera de seguir con mi vida sin su presencia constante. Una de las cosas que hacía era poner un límite de tiempo o de espacio -por ejemplo, desde que me subo al colectivo hasta pasar por Puente Saavedra- para pensar intensamente en él. Desesperadamente. Sin culpa. Bien o mal. Acordarme de todo lo que quisiera. Y después, una vez llegado ese límite autoimpuesto, pasar a otra cosa con naturalidad, ponerme a leer un libro, a recordar una película, cualquier cosa que alejara mi pensamiento de él. Claro que no siempre funcionaba.
Hace poco me encontré con esta frase en un libro que estaba leyendo, hablando de un hombre que no logra olvidar a una mujer, hasta que "por exceso de pensamiento, da una vuelta completa sobre sí mismo y la olvida.
Nada queda de ella una vez que se fue todo. Mister Gallaher vuelve entonces a la realidad del mundo con la expresión aliviada del que estuvo muy enfermo y de pronto se curó. Algo hay también en su semblante de la extrañeza del que durmió mucho y soñó mucho y de pronto se despierta y certifica que el mundo real es otra cosa."*
Me reconfortó encontrar esta descripción de la situación. La vuelta completa a mí me llevó casi cuatro años.

*La cita es de Segundos afuera, de Martín Kohan.

jueves, 15 de febrero de 2007

Lectura de temporada

Me pasó este 28 de enero que justo empecé a leer un libro que comienza durante un fin de semana de año nuevo. Y en medio de estos días tan terriblemente calurosos intenté empezar una novela que comienza "Hace un frío espantoso -18 °C bajo cero-, y está nevando. En el idioma que ya ha dejado de ser el mío, este tipo de nieve se llama ganik: grandes cristales, casi ingrávidos, que caen en forma de copos cubriendo el suelo con una blanca capa de escarcha en polvo.
La oscuridad de diciembre sale de la tumba y se eleva en el aire. (...)".*
A mi alrededor hacía 35 °C y aún así pudo atraparme este libro. Eso es una escritura sólida.
Me pasa muchas veces que elijo las lecturas del momento según el clima, según el ambiente -leer libros de viajes mientras uno viaja, y así-, según el estado de ánimo propio y del protagonista. Hay personajes de distintos libros que uno podría sentar en la misma mesa de un bar. Algunos sectores de mi biblioteca estuvieron ordenados según ciertos criterios extraños en un momento.

*El libro que comienza en el fin de semana de año nuevo es Lo bello y lo triste, de Y. Kawabata. El del frío es La señorita Smila y su especial percepción de la nieve, de Peter Høeg.