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sábado, 10 de octubre de 2009

Aplausos

Hace algunos meses fuimos con la abuela a hacer un tour por "Buenos Aires Celta". Como ella es gallega y el recorrido terminaba en el Museo de la Inmigración Gallega, me pareció que podía gustarle. Lo disfrutamos mucho. La despedida del evento era con un recital de gaita, a cargo del mismo guía. Como iba a durar un ratito y era de parados, pedí una silla para la abuela, y el guía trajo una demorando un poco el comienzo del show, entonces aclaró: "Es para la señora que tiene 95 años". (De más está decir que mi amiga A. y yo bajábamos el promedio de edad considerablemente. Todas eran señoras -y unos pocos señores- más bien mayorcitos.) Y de inmediato empezaron a aplaudir a la abuela. Yo, como una tonta, me emocioné un poco y, al mismo tiempo, mi diablito racional sentado en el hombro derecho decía: "no es un mérito la edad, ¿para qué aplauden? Esto es como cuando te felicitan porque nació un sobrino, uno no tuvo ni voz ni voto en el asunto". Mi abuela, algo a regañadientes, se sentó. Sin embargo, durante todo el concierto no dejó de mover el piecito al ritmo de la música, bailando sentada.

Estos días, mi amiga J. me contó que su abuela murió a los 103 años. Y dijo también que su abuela era todo un personaje, que "no cualquiera llega a esa edad". Y entonces entendí que tenían razón con el aplauso. Hay maneras de llevar los años, por supuesto, y para llevarlos tan lejos y tan bien hay que ser muy especial. Así que va mi aplauso reprimido de hace unos meses para mi abue, y va un aplauso de despedida, enorme y con honores, para la abuela de J.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Suéltame pasado

Durante un tiempo estuve "habitada" por el recuerdo y por el deseo de A. (la palabra en inglés es haunted, me parece que suena más a fantasma y acoso, pero no sé cuál sería la mejor traducción). Entonces buscaba recursos para olvidarlo definitivamente o para acomodarlo en mi cabeza de manera de seguir con mi vida sin su presencia constante. Una de las cosas que hacía era poner un límite de tiempo o de espacio -por ejemplo, desde que me subo al colectivo hasta pasar por Puente Saavedra- para pensar intensamente en él. Desesperadamente. Sin culpa. Bien o mal. Acordarme de todo lo que quisiera. Y después, una vez llegado ese límite autoimpuesto, pasar a otra cosa con naturalidad, ponerme a leer un libro, a recordar una película, cualquier cosa que alejara mi pensamiento de él. Claro que no siempre funcionaba.
Hace poco me encontré con esta frase en un libro que estaba leyendo, hablando de un hombre que no logra olvidar a una mujer, hasta que "por exceso de pensamiento, da una vuelta completa sobre sí mismo y la olvida.
Nada queda de ella una vez que se fue todo. Mister Gallaher vuelve entonces a la realidad del mundo con la expresión aliviada del que estuvo muy enfermo y de pronto se curó. Algo hay también en su semblante de la extrañeza del que durmió mucho y soñó mucho y de pronto se despierta y certifica que el mundo real es otra cosa."*
Me reconfortó encontrar esta descripción de la situación. La vuelta completa a mí me llevó casi cuatro años.

*La cita es de Segundos afuera, de Martín Kohan.

¿Perdida?

Esta mañana el cartel luminoso del subte estaba trabado en los números 4 8 15 16 23 42. Posta.