domingo, 24 de enero de 2010

Mañana de domingo de verano

El domingo por la mañana hay un silencio particular en el barrio. Y qué gusto da tener las ventanas abiertas de par en par y sentir el olor del aire todavía fresco. Vale levantarse descalzo y preparar el mate, para volver a la cama con mate y libro.
No puede ser cualquier libro el que se lea el domingo a la mañana. Tiene que ser uno sorpendente, ingenioso, de esos que hay que dejar a la fuerza porque es imprescindible ir al baño, nada más.
Si se es precavido, habrá bizcochitos de la panadería, comprados con placer anticipado por este momento.

Pero lo mejor de estos domingos es que son lo más parecido a los días de vacaciones en casa de la infancia. El olor a verano que había entonces. Las chicharras que sonaban sin parar en el jardín y la carrera a la pileta una vez que nos levantábamos. El sol de la infancia (que no quemaba tanto como ahora), el pasto recién cortado -es el mejor olor de todos- y más verde que nunca, el agua fresquísima pero que no daba frío.