viernes, 13 de agosto de 2010

Atención

Mi tío despotrica con que mi abuela se pierde un poco, que no escucha, que se olvida las cosas... Mientras tanto, mi abuela me prepara las tostadas con queso y mi dulce favorito: de tomate, hecho por ella.
Mi tío sigue despotricando y mi abuela no lo escucha, o hace como que no lo escucha, y hace un gesto con el brazo que bien puede ser "qué sabrás vos" o "por qué hay moscas dentro de casa".
Me como mis tostadas, me tomo mi té con leche.
Entonces mi abuela dice:
—Te traigo el pan dulce.
Esto no es una confusión. A mi abuela le encanta el pan dulce. Y entonces tiene provisión todo el año, porque siempre le llevamos, o alguien le regala, o se guarda en el freezer de la "temporada oficial de pan dulce".
—Abue, no quiero pan dulce, gracias. Ya me comí las tostadas.
—Vos me dijiste que querías.
Con mi tío nos miramos, yo por primera vez ligeramente preocupada y pensando que quizás mi tío no es tan exagerado esta vuelta.
—Yo no dije que quería pan dulce. Me comí mis tostadas.
Mi abuela sonríe.
—Sí. Vos me dijiste. ¿No me dijiste que no me lo comiera todo, que te guardara para el jueves? Yo te guardé.
Es jueves. El martes y el miércoles no había ido a desayunar. El lunes sí. El lunes mi abuela, mientras yo comía las tostadas, abrió un pan dulce y empezó a comer, y comió un montón. Es cierto que yo al salir le dije que no se lo terminara y me guardara para el jueves, que volvía.
Entonces mi tío despotrica con más énfasis:
—¿Ves? A vos sí te escucha cualquier pavada que decís. Es conmigo el problema entonces. Mirá cómo se acuerda de eso...
Y así, hasta que me voy al rato. Con un pedacito de pan dulce para el camino, porque, claro, no se le puede decir que no a la abuela. Cuando tiene razón, tiene razón.